Notas de Opinión

“Se viene una segunda ola y llegamos con desconfianza, sin suficiente vacunación y escasa preparación para escalar el testeo”

Compartir

Ya llevamos mas de un año desde la llegada del COVID-19 a la Argentina. Sería redundante relatar como afecto esto la vida de la ciudadanía. Sin dudas la salud ganó una visibilidad inédita.  Extrañamente los argentinos hoy estamos mas atentos a los dichos de quienes ocupan la cartera sanitaria que lo que hacen quienes están a cargo de la economía.  

Como todo balance el análisis de este año pasado tiene matices positivos y negativos. Tres aspectos merecen profundizarse. Por un lado, la respuesta del sistema y las dificultadas puestas en evidencia, los procesos de toma de decisión y comunicación en diferentes niveles y finalmente las iniciativas de reforma sanitaria.

El sistema que supimos conseguir

 Si entendemos que un sistema responde a un conjunto de elementos relacionados entre sí que funciona como un todo, es difícil ver al sector salud como un verdadero sistema. La pandemia puso en evidencia todas las flaquezas de este supuesto sistema, que no ha cambiado prácticamente nada, en los últimos 30 años. Seguimos teniendo por un lado una oferta de atención médica conformada, y muy fragmentada. Y por otro, un Estado con baja capacidad para regular los servicios, la asignación de recursos, los resultados y las condiciones de trabajo del personal de salud. 

La pandemia golpeó al sistema prestador.  Al de la seguridad social y privado que vio reducido sus ingresos habituales por contracción la demanda no vinculada a COVID, y que recibió pagos muy por debajo de los costos generados en la atención de pacientes con patologías severas derivadas del SARS-COV2. Los subsidios estatales han sido un paliativo, pero esto dejó al sector en una situación similar al transporte público, sin subsidios es inviable. Por otro lado, el sector público evidencia la falta de coordinación y las falencias en términos de camas.

La fragmentación del sector salud ha tenido consecuencias devastadoras en uno de sus componentes claves, el capital humano.  Bajas remuneraciones y pluriempleo son dos caras del mismo problema. El pluriempleo afecta la eficiencia y la calidad del servicio de salud.  Las largas jornadas laborales producto de la suma de empleos recaen en la seguridad de los pacientes y en la salud de los profesionales.   

Por todo eso debe rescatarse el enorme esfuerzo hechos por lo profesionales de la salud para contener la pandemia. Más allá de las acciones de los gobiernos y la movilización de organizaciones de todo orden buscando estrategias para sumar, la primera respuesta y el mayor esfuerzo vino de los profesionales del sector sanitario. Tanto los que están en la atención directa, como quienes investigan en la búsqueda de soluciones, tuvieron una respuesta muy por encima de lo esperable, teniendo en cuenta la crisis crónica que arrastra el sector.  Un ejemplo de como cuando algo importa podemos dejar la grieta de lado. Más que merecidos esos aplausos que alguna vez recibieron. Queda una enorme deuda que no debemos olvidar.

Malas decisiones, mala gestión o mala comunicación

Es justo señalar que hay que ser cuidadoso en cualquier opinión porque en una situación tan critica es infinitamente fácil opinar ligeramente cuando se está lejos de la responsabilidad de decisión.  El nivel de incertidumbre de las autoridades argentinas, al igual que la mayor parte del mundo, era enorme y tomar cualquier tipo de decisiones exponía a cometer errores o hacer proyecciones erróneas. Por eso las medidas iniciales de cuarentena forzada resultan comprensibles y fueron ampliamente apoyadas por científicos, sanitaristas y por el público.

El gobierno ha hecho esfuerzos que deben resaltarse, ha dispuesto recursos para apoyar el sistema asistencial, para investigar, buscó cómo potenciar la formación de recursos críticos incorporando los nuevos graduados a las residencias (sistema de formación de postgrado para profesionales de la salud), y trató de seguir todas las medidas que la evidencia científica sugería como válidas.

El problema es que se dilapidó el capital de confianza inicial con una comunicación la mayoría de las veces inadecuada, triunfalista, y confusa. Desde gobernantes empoderados dando clase como epidemiólogos y cometiendo predecibles yerros o realizando predicciones que sólo basto el correr del tiempo para demostrar que eran erróneas, hasta sistemáticas promesas incumplidas llevaron a una reducción de la credibilidad por parte de profesionales y del público en general. Esto podría ser sólo un tema electoral, si la confianza de la gente no fuera un factor crítico para la implementación efectiva de las medidas de cuidados y distanciamiento social.

La política se aferró a la cuarentena excesiva, que se agotó cuando más necesaria hubiera sido, llegamos al pico cuando la población necesitaba relajamiento y vuelta a las clases. Sumado a eso, las políticas correctas fueron tardías e insuficientes. El testeo, que nos hubiera permitido conocer más el patrón de circulación, fue escaso y no coordinadamente planificado. Hoy sigue siendo necesario incrementarlo   junto con la genética para conocer las variantes circulantes. La delegación territorial, a provincias y municipios, en muchos casos terminó careciendo de coordinación y llevando a decisiones erróneas. 

El tan anunciado plan de vacunación masiva contó con escasas vacunas y una falta de organización. Sin profundizar en los desaciertos que llevaron a la salida de un Ministro, el sistema de monitoreo público nos indica hoy 3 y medio millones de vacunas aplicadas pero sólo algo más de 600 mil con dos dosis y desconocemos a que grupo priorizado corresponden las vacunas aplicadas. Aún hoy en las ciudades más grandes no se ha completado la vacunación del personal de salud, ni la de mayores de 70 años que constituyen los dos primeros grupos priorizados por el plan estratégico del gobierno, pero se ha comenzado con la vacunación a jóvenes docentes.

Se viene una segunda ola como ha ocurrido en otros lugares y llegamos con desconfianza, sin suficiente vacunación y escasa preparación para escalar el testeo.  Sumado a la desatención que sufrieron las enfermedades crónicas y los problemas de salud mental derivados del prolongado aislamiento.

¿Hacia donde vamos?

En este contexto se anuncia una reforma del sistema en la que el público, los profesionales de salud, los partidos políticos y las organizaciones intermedias, están ausentes de opinión.

La necesidad de cambio no es una novedad, y el diagnóstico es sin dudas en lo único en que todos coincidirán.    

Sin dudas la Argentina necesita un sistema de salud integral que fortalezca el primer nivel de atención. Para conseguir esto tiene una enorme tarea por delante. En primer lugar, lograr que las innumerables fuerzas y los grupos de interés en juego, sean capaces de un sacrificio en pos del bien común. Debe generarse un gran consenso federal para la planificación del capital humano, que permitan mirar más allá de las necesidades urgentes de los distritos. Debe contemplar una política de incentivos, para conseguir el número de profesionales en el lugar y con la formación que son necesarios. Debe convencer de que es capaz de regular sin favoritismo políticos y generar los espacios de consenso para llegar a esas regulaciones informadas por las mejores evidencias científicas. La Agencia de Evaluación de Tecnologías, una herramienta clave para un uso racional de recursos, sigue siendo una deuda legislativa.

No será posible una reforma que sirva a los ciudadanos si no se la piensa con sentido de futuro, inspirados en las buenas experiencias de otros países, con grandeza, sin partidismo y generando confianza.

Marcelo García Dieguez es Profesor Asociado del Departamento de Ciencias de la Salud de la Universidad Nacional del Sur. Ex Director de Capital Humano Ministerio de Salud y Desarrollo Social de la Nación

Esta entrada ha sido publicada el 28 de marzo, 2021 09:00

Deja un Comentario